Hago lo mismo en industrias distintas: negocio, producto y growth. Detectar dónde está el valor para el usuario y construir el producto que permite capturarlo. Me llaman cuando hay que pasar de una idea a un producto que se use y se pague, sin armar un aparato infernal. En un mundo de inteligencia artificial, esa cabeza es lo escaso.
Empecé en consultoría en 2004, en Servicom. Pasé por Jóvenes Profesionales y business intelligence en Coca-Cola FEMSA. Ahí entendí algo simple: sin ventas, no existe el resto. Sin una propuesta de valor clara, y sin que el usuario te conozca, tampoco. Después, en Falcon y en Aquanima (Santander), me especialicé en Strategic Sourcing: implementar proyectos que impacten el revenue, sin bullshit. Demostré resultados en Telefónica, Movistar, Kimberly-Clark, Banco Santander y Banco Supervielle.
En el medio corrí un P&L de verdad. Gestioné un negocio de economía real: 2.500 hectáreas, una planta de semilla, el lanzamiento de LDC Semillas en Uruguay. Ahí no hay discovery que te salve. O el número cierra o no cierra.
A fines de 2017 fundé Curselo, un SaaS (B2B) y marketplace (B2B2C) para academias en Argentina y Chile. Llegamos a 1.700 clientes con un equipo de 13. Logramos 337% de crecimiento. Después vino la pandemia y la posta es que no hubo vuelta atrás. Lo cerramos. Esa empresa me dejó el oficio.
En Aprende Institute, un scale-up de edtech en Estados Unidos (Serie A de USD 22M), lancé líneas de producto desde cero junto al CEO. Sumé más de USD 2,5 millones de ARR. Siguen vendiéndose hasta el día de hoy.
Hoy aplico lo mismo en Nera, un agri-fintech de Grupo Galicia y Santander, donde construyo de punta a punta con agentes. La IA no reemplaza el oficio: lo acelera, si sabés qué construir.
El oficio nunca fue de una industria; es saber dónde está el valor y tirar de esa punta del ovillo. Lo aprendí trabajando, formándome, y en los libros que recomiendo abajo en esta página.